©2019 by Margit Eppinger Weisz.

Mi abuela, pintora

por Daniel Helft

Mi abuela pintaba todo. Pintaba con acuarelas sobre caballete, pintaba con témperas y óleos, pintaba sobre tela, madera y papel. Pintaba con pinceles de cerda, carbonilla, pasteles, crayones, lápices de colores e incluso con unos pequeños marcadores marca Sylvapen que se utilizaban en las aulas de mi infancia.

Margit pintaba grande y pintaba chico, pintaba en cuadernos con renglones o sin ellos. Y también pintaba en el frente de su casa. Pintaba en las macetas de sus balcones. Pintaba sobre muebles, pintaba las cerámicas que producía su amiga Klari. Pintaba en su atelier, pintaba cuando estaba de viaje, pintaba en el livingde su casa, en su jardín y en su terraza.

Curiosamente, toda esa producción encontraba lugar en las paredes de la casona de San Isidro. Contraria a toda prudencia, Margit amontonaba decenas de cuadros en una misma pared, desde el piso hasta el cielorraso, arriba de los marcos de las puertas y ventanas, pegados a las llaves de luz. La disposición era caótica. Inevitablemente, algunos cuadros se torcían acentuando el desorden. Sin embargo, cada uno de esos paisajes, de esos recuerdos de viaje, de esas ilustraciones a mano alzada se acomodaban y convivían sin luchas de protagonismo. Se hacían lugar unos a otros y se fortalecían en esa unión. Siempre había lugar para uno más.

Margit no dudaba frente a la tela. Sus manos fuertes y nudosas ejecutaban. La intuición y el oficio tomaban el control y producían el vértigo de la creación artística en tiempo real. Sus figuras humanas, sus rostros y paisajes surgían naturalmente y tenían siempre algo de verdad. La impostación no existía. El mal gusto, tampoco.

 

Luego de la muerte de Margit, sus cuadros fueron encontrando un lugar en las paredes de mi familia. Todos, sin excepción, disfrutamos de su arte. En cada visita a la casa de un hermano, un primo, un tío, me encuentro con sus telas, sus paisajes, sus retratos, sus ensoñaciones, sus imágenes oníricas, sus colores más fuertes, más ocres. 

He convivido con los cuadros de Margit desde su muerte, en el año 1989. Y como el buen vino, que uno no puede dejar de tomar, mirar sus obras nunca se me ha tornado cansador. Siempre me encuentro allí con imágenes vitales y compasivas.

 

Encuentro su amor por la gente cuando veo a esas mujeres negras que pueden ser sudafricanas, brasileras o caribeñas, pero que ineludiblemente están retratadas desde el afecto y la empatía. Danzas étnicas, rituales paganos, músicos, pescadores, casas, caminos, atardeceres y tormentas, retratados con un trazo libre, fresco y vital. Me sorprendo con su modernidad. 

 

Pienso en la ideología contenida en sus telas, en ese universalismo manifiesto en el que todos somos iguales, todos distintos, todos bellos, todos humanos. Y siento que mi abuela nos decía que, como sus cuadros, amontonados en un caos de pura belleza, así debiéramos vivir los humanos.

 

Paradójicamente, mi abuela vivió en un mundo que siempre le dijo lo contrario. El de la Hungría de la primera mitad del siglo XX, signado por el antisemitismo, por la derrota de ese país en la Primera Guerra Mundial, que lo dejó reducido y humillado. Un mundo marcado luego por el Holocausto, que en Hungría arrasó con más del noventa por ciento de la colectividad judía.

 

En ese contexto, la mirada luminosa y optimista, compasiva y humana deMargit me intriga y me deslumbra. Ya no está para preguntarle más.

 

En octubre de 1944, Alemania y sus aliados tenían la guerra perdida. Las tropas rusas habían tomado el este de Hungría y era solo cuestión de tiempo para que liberasen Budapest. 

Los alemanes, que ya habían exterminado a 424 000 judíos húngaros en el campo de concentración de Auschwitz, abandonaron el país dejando el gobierno en manos del partido nazi húngaro de la Cruz Flechada, comandado por Ferenc Szálasi. Ya sin chances de revertir el desenlace de la guerra, Szálasi y sus lugartenientes dirigieron su odio contra el eslabón más indefenso del país: la ya diezmada colectividad judía de Budapest.

Bandas desatadas buscaban a las personas que permanecían viviendo en condiciones deplorables en las llamadas “casas amarillas” o en el gueto, las arrastraban al borde del Danubio, donde las encadenaban unas a otras y, tras un tiro en la cabeza, las arrojaban al río desde puentes y terraplenes.

Mi familia sobrevivió a esas matanzas escondida en Eslovaquia, en casa de una familia de cristianos que pusieron en juego sus vidas y las de sus hijos para salvarlos. 

 

Cuando los rusos liberaron Budapest, Szálasi y sus principales colaboradores fueron llevados a juicio y sentenciados a morir en la horca. Margit se postuló y fue designada para ser la dibujante de los juicios. Desde un sitial de privilegio cercano al estrado, miró de cerca a Szálazi y a sus cómplices y, literalmente, sin que le temblara el pulso, hizo lo que mejor sabía hacer: bocetar, dibujar, extraer con trazos seguros la esencia humana. Figuras goyescas, la belleza del horror.

Sus dibujos en carbonilla, que el Museo y Archivo Judío de Hungría prestó al Espacio de Arte de la Fundación OSDE para esta muestra, les pusieron cuerpo y rostro a esos jerarcas nazis caídos en desgracia. 

 

Margit no necesitó recurrir a artilugios efectistas. Solo carbonilla sobre un papel amarillento y su trazo mágico para desnudar caricaturas humanas que días más tarde colgarían de una horca. 

Son documentos históricos, potentes e insustituibles.

Curiosamente, Margit jamás me habló de esos dibujos. No creo que lo haya hecho con ninguno de mis familiares. Mi madre tenía el registro de que existían y fuimos en busca de ellos cuando pusimos en marcha el proyecto de esta muestra. 

Margit no era afecta a hablar de una guerra y una etapa de su vida que transitó con pastillas de cianuro escondidas en un anillo, por si ella o su familia caían en manos nazis. 

Ante los pensamientos difíciles, Margit fruncía el ceño y alejaba esas imágenes con un ademán de la mano. Su elemento de expresión era la pintura, no la palabra, al menos no en español, idioma al que llegó de grande y nunca terminó de dominar.

 

Aquejada por angustias, pero siempre vital, la recuerdo sentada en su living, con un whiskyen la mano, fumando cigarrillos en boquilla, con un pañuelo en la cabeza, acompañando la vida. Cada tanto reflexionaba sobre los temas de nuestro tiempo, pero sus sentidos estaban más atentos a las muestras de belleza que podía capturar en su entorno –una hortensia, el sonido de un oboe– que a analizar la disfuncionalidad de nuestro mundo.

Esta muestra reúne tres épocas distintas de la creación de Margit. La etapa de preguerra, de la cual queda muy poco dado que su casa y sus obras sucumbieron bajo los bombardeos de las fuerzas aliadas. Sin embargo, lo poco que se salvó es imponente. Son telas grandes, ambiciosas. Me hacen pensar que en esa época Margit todavía tenía la certeza de que sería una artista mayor, reconocida en su mundo. Son telas que tienen destino de paredes consagratorias.

 

La segunda etapa contiene las obras pintadas a su regreso a Budapest en 1945, tras haber sobrevivido milagrosamente a la guerra. Margit volvió allí a su mundo de pintura y de pintores. En la colonia de artistas de Szentendre, cercana a Budapest sobre el Danubio, Margit trabajó junto a los artistas de su generación. Béla Czóbel, Mária Modok, Jeno´´ Barcsay, Janos Kmetty, sus pares, sus amigos, con quienes colaboró y expuso. Todos artistas figurativos que, al igual que Margit, pasaron por París en las décadas del 20 y 30, donde recogieron influencias de los principales exponentes del impresionismo y el cubismo franceses. En esa etapa, Margit no solo pintó, sino que cobijó en su casa de Budapest a colegas tales como el artista francés Jacques Doucet y el holandés Corneille.

 

Un video que acompaña la exposición, con imágenes de los artistas que pintan en Szentendre muestra ese momento, que fue el de Margit, cuando todavía no había emprendido el camino del desarraigo. 

La etapa final corresponde a su vida en Argentina. En sus primeros años de este lado del Atlántico, principalmente en la década del 50, Margit empleó su talento para diseñar moda y generar ingresos para la familia. Tenía la experiencia recabada en su juventud en París y Berlín, donde había trabajado para la revista Vogue.

 

Solo presencié esa etapa final. La de una mujer mayor en Argentina, que luego de haber logrado reconstruir una vida que acaparó gran parte de sus fuerzas, vivía con expectativas atemperadas. Rodeada de verde y de flores, de familia, de viajes y de pintura. 

Excepto por una muestra que realizó en Buenos Aires con el artista salteño Alfredo Garzón, Margit no encontró en Argentina un grupo de artistas de referencia. Sus amigos eran principalmente inmigrantes europeos que, al igual que ella, habían sufrido el desgarro de la guerra y la emigración.

Eso no le impidió regenerar un cuerpo de obra, decenas de óleos, témperas y carbonillas, que hoy cuelgan en paredes a ambos lados del Atlántico. 

 

Su obra era bella, familiar y tranquilizadora. Tal vez eso mismo nos impedía colocar a Margit en un contexto mayor. Mirarla no solo como a una abuela que pintaba hermosos cuadros que nos hacían bien, sino como a una artista de su tiempo, de enorme talento. 

 

Hoy, la Fundación OSDE nos ayuda a reubicarla en ese marco. Agradezco a María Teresa Constantin, directora del Espacio de Arte de la Fundación OSDE, por esta exposición. Agradezco a Cecilia Rabossi, curadora de la muestra, y a Eugenia Viña, artista y crítica. Vuestros ojos entrenados y sensibles, aprobando pero por sobre todo disfrutando de los cuadros de Margit han significado mucho para mí.

Margit soñó con ser una artista reconocida. La mayor tragedia del siglo XX se interpuso. Mi reconocimiento a Marion, mi madre, por su enorme trabajo, y a todos los que ayudaron a recomponer esta historia de talento y de supervivencia, de pintura y de trabajo, de coraje y de creatividad.